7 sept. 2015

“DRACULIN, EL VAMPIRITO”: Romeo y Julieta en Transilvania

                                                                                                              por Irene Bianchi

“Draculín, el Vampirito”, de Leo Ringer. Elenco: Lisandro Ringer, Macarena Benítez, Leo Ringer, Esteban Mostaccio y Mariana Olhasso. Bailarines: Lucas Giaimo y Joaquin Coria. Vestuario: Rosa Mancuso. Iluminación y sonido: Fabo Ripani. Efectos especiales: Ernesto Ringer. Teatro La Nonna, 3 esquina 47.

El Conde Draculín (Lisandro Ringer) cumple nada menos que 118 años. Drácula, su padre (Leo Ringer), le organiza una gran fiesta en su castillo de Transilvania, con la secreta intención de presentarle alguna Condesa que esté a su altura. Para eso cuenta con  la colaboración de su fiel mayordomo, Steffano (Esteban Mostaccio).
Pero si bien Draculín vuela como su padre, y también toma brebajes sanguinolentos, francamente el muchacho está en otra. Está aggiornado, más tecnológico, y no quiere que le digiten sus relaciones. De hecho, su corazón bate fuerte por una compañerita de escuela, Tina (Macarena Benitez), y la atracción es mutua. Cupido hace de las suyas,  impactando también en Steffano y en Nanny, la nodriza de la joven (Mariana Olhasso), de modo que tras el festejo de cumpleaños, puede que suenen campanas de bodas para ambas parejitas.
 Por sus características, la sala del piso superior de La Nonna permite un gran despliegue escenográfico. Aquí se recrean varios ambientes: la entrada al castillo, la sala, con estufa hogar; la habitación del joven Conde, la habitación de Tina, el balcón de su casa con vista al cielo estrellado.
Como siempre, el bello vestuario de Rosa Mancuso se luce a pleno. La dupla Leo Ringer-Esteban Mostaccio es muy graciosa. El Drácula de Ringer se asombra que los adultos presentes no prevean con tiempo qué ataúd van a elegir como última morada, y además se nieguen a beber sangre de primera. El Mayordomo de Mostaccio, un tanto torpe, olvidadizo y bobalicón, derrocha simpatía, y se gana las risas del público.
 Lisandro Ringer y Macarena Benítez tienen buena química, y pintan con ternura ese enamoramiento adolescente, capaz de transformar hasta a un vampiro. Tierno también el vínculo entre Tina y su niñera, quien se siente madre de la joven, al igual que Steffano con respecto a Draculín. Importan más, sugiere el texto, los lazos que se construyen que los heredados.

 Varias generaciones de Ringer en escena: una familia teatrera de pura cepa.